viernes, 31 de agosto de 2012


No me siento muy bien hoy. Mi padre ha muerto hace unos días. Eso ha traído muchas discusiones en mi familia. Estoy desolado. El entierro, la misa, el testamento… todo ha sido un continuo problema. Hoy estoy revisando el antiguo baúl de mi abuelo, cuando estuvo sirviendo en la Segunda Guerra Mundial. Mi padre lo ha dejado a mi cargo, ya que mi abuelo, en su última voluntad pidió que ese baúl quedase como un legado familiar o algo así. En su interior me encontré cajas con arena de África y Francia, el antiguo uniforme de mi abuelo, su cuchilla de afeitar, una pequeña pelota, algunas monedas francesas… Me ha llamado la atención unos papeles escritos, en ellos pone:
8-6-1944
El bamboleo de la barcaza  y los nervios me revolvían el estomago. De hecho algunos de mis compañeros no pudieron  evitarlo, y vomitaron. El ambiente olía a mar, bilis y pólvora, lo cual no ayudaba  a sentar el estomago. Estaba  situado en el centro del la hilera  de estribor y preparaba  mi mente para lo que iba a suceder, mientras, un par de sargentos repartían chicles y munición al son de las ordenes de un  capitán.
Me temblaron las piernas cuando uno de los sargentos anunció que desembarcaríamos en tres minutos.
Recordé como eral antes de todo, antes de matar, ver morir…
Recordé también las tardes en la granja, mi padre fumando pipa  en la butaca mientras mama cosía, a Sharí… Tantas cosas…
Un fuerte bamboleo me sacó de mis delirios  y  me devolvió a aquel infernal seis de Junio. Noté como la barcaza se paró y la compuerta se abrió.
Fuimos recibidos por una lluvia de balas que fulmino a muchos en el acto. Todos los que intentaban salir eran acribillados, por eso el capitán  nos ordenaba que saltásemos por la borda, pero yo me tiré al suelo y repte entre los muertos hasta el agua, acompañado por los silbidos de las balas y los impactos de estas en la chapa.  Cuando me sumergí en las frías aguas de Normandía, el peso de la munición me arrastro al fondo, muchos murieron ahogados y yo habría sido uno de ellos de no ser por un soldado, que me agarró y tiró de mi hacia arriba. Cuando salí a flote, aire entró en tropel en mis pulmones y me hizo toser. Me habría ahogado de no ser por mi compañero, que me arrastro hacia la playa. Juntos conseguimos llegar a una gran roca, donde nos refugiamos de las balas y su búsqueda de presas. Me asomé y comprobé que nos estaban disparando desde un bunker, en lo alto de una  colina. Pasamos unos minutos allí metidos, hasta que, cuando yo estaba sacando mi fusil del plástico que le protegía de la arena y el agua, una explosión de un mortero cayó cerca  de mí y me tiro al suelo. Rápidamente me di la vuelta, medio sordo, y contemplé la suerte que había  corrido mi compañero. Estaba tirado en el suelo. Al parecer el proyectil le había alcanzado de lleno, ya que le faltaba una pierna, su cara estaba desfigurada, su garganta ensangrentada  y su abdomen reventado por donde asomaban las… Mi estomago no pudo resistir más y expulsó todo su contenido. Me quede traspuesto, observando el vomito. No era bonito ver mi bilis, pero era mejor que ver a aquel desafortunado infeliz. Por un momento le envidie, ahora él estaba  en paz. Todavía con el estomago revuelto, volví a asomarme y contemple a soldados avanzando, héroes cayendo, hombres enfrentándose a su destino. Miré a mi derecha y vi a un joven soldado, de unos dieciocho años, tras una pequeña montaña de arena, encogido sobre si mismo abrazando sus propias rodillas. Sus ojos estaban empañados en tristeza, desesperación y lagrimas, y movía la cabeza en una constante negación, como si así fuese a desaparecer todo.
Me sobresalté cuando algunos soldados se refugiaron conmigo. Un capitán  nos vio y avanzó hasta nosotros, seguido de un cura y un médico de batallón  y tres o cuatro soldados. El cura y el médico se ocuparon de algunos heridos y el capitán nos dijo a los soldados que le siguiéramos. Armándonos de valor, un grupo de unos quince hombres nos unimos a todos los que corrían hacia el bunker del que nos disparaban los mortíferos proyectiles. Nos acompañaban los gritos, las balas y el miedo.
Un compañero fue alcanzado por una bala y cayó. Yo no pude esquivarle, tropecé con el cuerpo y caí al suelo. Estaba levantándome cuando una bala reboto en mi cabeza y me derribó.
Un único pensamiento martilleaba mi cabeza, “estoy muerto”, “estoy muerto”. Pero no, los morteros seguían rugiendo, los gritos seguían anunciando muertes y yo no tenía ni un rasguño. El casco me había salvado.
Me refugié detrás de un muerto y observe que muchos de mis compañeros habían llegado cerca del bunker y estaban tiroteándose con los nazis, aprovechando sus propias trincheras como refugio. Me alegré al ver que cada vez llegaban  más americanos, y que pronto tomarían las trincheras a esos perros.
Malditos alemanes.
Nunca había tenido nada en contra  suya, pero el infierno de la guerra había conseguido que los odiase con toda mi alma.
Me dispuse a ir con ellos a pelear, pero alguien me agarró del pie. La adrenalina  y los reflejos hicieron que me volviese dispuesto a pegarle con la culata del fusil, pero frene al ver que era un compañero herido que suplicaba  ayuda. Tenía una fea herida en la tripa y no pude dejarle allí. Le levante y puse su brazo derecho sobre mis hombros, dispuesto a cargar con él hasta las trincheras, pero no pude completar mi tarea, una bala impactó en su frente, acabando con su vida. Le solté y le miré durante un momento, su rostro estaba  pálido y manchado de sangre, y sus ojos… me devolvían una mirada de ultratumba, congelados en una mueca  de sorpresa para siempre. Supe que esa mirada me acompañaría el resto de mi vida, y que vería a ese soldado en mis más horribles pesadillas.
Saliendo de mis ensoñaciones, me di cuenta de que estaba de pie en medio de la playa, y que podría haber muerto en cualquier momento. No lo pensé, corrí. Escuche explosiones, silbidos, gritos, suplicas y un sinfín de cosas más, pero no pare de correr hasta que llegue con mis compañeros, que ya habían tomado las trincheras. Una vez allí, pasando por alto los cadáveres, tanto americanos como alemanes, busque al capitán para recibir órdenes. Le encontré entre algunos médicos y soldados, que peleaban contra unos  alemanes. El capitán me explicó que habían reducido a los alemanes en el bunker y que íbamos a asaltarlo para reducir a los que quedaban.  Una explosión anunció que la puerta del bunker había estallado.
El capitán reunió a un grupo de soldados en torno a él, y salió hacia el bunker, seguido de muchos soldados. Las balas abatieron a muchos, pero los que no murieron siguieron avanzando. Yo me santigüe, besé un colgante que me regaló mi madre y salí de las trincheras. Mientras corría hacia el bunker solo pensaba  en que iba a morir, pero una cosa se anteponía al miedo. El bello rostro de  Shari…
El diario terminaba así. Después de leer esto, me sentí muy humilde. Según los informes del frente, mi abuelo murió el 19 de julio de 1944, en Caen. Como él, millones de soldados a lo largo de todo el mundo habían dado la vida para defender sus respectivos países, a sus hogares, a sus familias, sus ideales…
Todo esto me hizo apreciar a mi familia muchísimo  más y me hizo sentirme afortunado por  no haber vivido ninguna guerra y por tener una esposa y dos hijos que me querían.  Esa ventana que mi abuelo había abierto a ese día, era lo más preciado que mi padre había podido legarme. Y aunque la vida me había quitado a mi padre, ese diario me había dado la oportunidad de amar mi vida a pesar del duro revés que había recibido. Supongo que escribió esto para aclarar sus pensamientos. No sé si lo consiguió, pero había conseguido aclarar los míos. Gracias a él, voy a ser un hombre mejor. Gracias abuelo, solo por esto, tu sacrificio no fue en vano. Gracias a ti, he encontrado la paz que parecía haber perdido.

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